no pasó nada!

The walking dead-president

Carlos García Rosell A.

Un zombie en la casa de Pizarro

Carlos García Rosell A.

Publicado: 2017-12-29

La dureza de la situación no da para ser optimista. El daño causado a la crónicamente débil democracia peruana aún esta por evaluarse, pero intuimos que es enorme: un retroceso de 20 años. 

Varios factores han ido contribuyendo a esta situación si bien es cierto que PPK es quien se ha sumergido en este agujero, llevando con él y su incapacidad política al país entero.

Para salvar su presidencia o su permanencia en ella, negoció bajo la mesa con el hijo de Fujimori, lo que equivale a decir que negocio con Fujimori mismo. Este, preso por delitos ya conocidos, juzgado bajo toda la transparencia posible dentro de un gobierno elegido por voto popular se volvió entonces, gracias al pánico del actual presidente, en el actor mayor de esta comedia llena de farsa a la que asistimos.

El congreso copado por el fujimorismo de la hija de Fujimori, gracias a una inentendible reforma electoral que el anterior congreso sacó entre gallos y medianoche, le entregó más de la mitad de los escaños.

El precio por el pellejo presidencial equivale al alma del presidente. Y como si fuera casi un sacramento hecho público, las declaraciones de uno y otro poco después de sacar el indulto la víspera de noche buena fueron la anunciación de la simbiosis política. PPK se entregaba a Fujimori. Toda otra interpretación es un espejismo.

Pedro Pablo Kuczynski ya no es presidente del Perú. Aunque él crea lo contrario. Es un rehén político del clan Fujimori. Hoy vive repudiado por los que votaron por él y poseído por los fujimoristas, sin base de apoyo y con varios de sus miembros renunciando a sus cargos. Entregó su dignidad, no Kuczynski (que quizá no la tenía desde hace tiempo) sino la dignidad del presidente de la Republica del Perú, nuestro primer servidor, el representante del estado peruano. Es un muerto en vida, un no-muerto, un zombi: es un No-presidente.

Perdió la base política que lo llevó a la presidencia y a la cuál él jamás realmente escuchó. Porque en realidad la despreciaba en igual manera como admira a Fujimori y la derecha que representa. Desprecia la calle y la opinión del centro y sobre todo de la izquierda peruana. En el fondo desprecia al pueblo peruano en general.

Los nombramientos que han comenzado a sucederse luego de las renuncias (en realidad escasas dado el tamaño del escándalo) hecha enormes luces sobre que esperar en el futuro. EL apurado discurso de reconciliación y las ridículas explicaciones de algunos de los defensores del indulto del partido de PPK sobre la “coincidencia” del indulto y la votación de vacancia nos muestran la absoluta improvisación de un oficialismo tomado a contra pie por la negociación del presidente con Fujimori.

Incluso en el poder judicial comienzan los cambios. Y es ahí donde encontramos el temor principal y quizá la causa última de la posesión y entrega de alma de PPK con el fujimorismo. Los dos están metidos hasta el cuello en el escándalo de Odebrecht y necesitan blindarse mutuamente para evitar las enormes y esperadas consecuencias judiciales.

En este capítulo, hasta donde se presentan las cosas, con una opinión pública adormecida en Lima, la corrupción volvió a ganar.

La reconciliación argumentada es completamente improbable ya que es artificial, impuesta, fruto de un acto completamente espurio, un indulto que ha sido cuestionado por casi todos los organismos internacionales desde las Naciones Unidas hasta la CDH y la corte de San José. No representa el fruto de algún dialogo entre los actores sociales y políticos. Solo representa el discurso postizo de un gobierno que mintió al país para salvar su cargo.

El precio fue la vergüenza y la dignidad de una pobre y vilipendiada nación, cuyos hasta ahora únicos motivos para creerse que vive en una democracia eran precisamente ese: el haber condenado en un juicio justo y legítimo a su último ex dictador.

El clan Fujimori, y la derecha que representa PPK la terminaron de evaporar. Deberíamos decir, la corrupción que ellos representan. Ya que finalmente el juego es ese, grupos políticos que representan mafias que se disputan el botín, el manejo del estado peruano.

Con el paso de los días el aclare será más evidente. Pocas personas con un poco de dignidad querrán participar del gabinete pastiche y fantoche del espectro del no-presidente (lo más probable es que me equivoque, la dignidad es lo que menos existe en la clase política peruana). Solo quedará recurrir a los impresentables, sacados del fondo del armario para volver evidente lo impresentable. El clan Fujimori gobierna con la anuencia y beneplácito de los poderes fácticos del Perú. Volvimos a la misma senda de siempre. Lo único que podrá cambiar la correlación de fuerzas es la aparición de una clase media y popular con voz y acción en las calles. Algo hasta ahora muy pocas veces visto.

Y Vaya, lo volvimos a hacer, una vez más. Volvimos a ser una república bananera. Presa de grupos corruptos y elites apátridas. Los ingenuos que observamos la primavera post fujimorato, caímos en la cuenta de que fue solo eso, una primavera efímera, gobernada por gente tan corrupta como los que habíamos juzgado momentos antes. Quizá en realidad jamás dejamos de serlo. Finalmente, el fujimorismo y el clan que lo maneja no son sino la expresión constante de lo único que como clase política hemos podido construir como país a lo largo de nuestra historia, un grupo corrupto, mafioso y fascistoide, como muchos otros que llegaron al poder. Esa es la responsabilidad de toda la sociedad peruana, su enorme incapacidad para crear una verdadera clase dirigente.

Hoy podemos parafrasear a Porfirio Díaz (otro dictador) acaso viene bien acostumbrarnos a la idea: “pobre Perú, tan lejos de Dios y tan cerca del fujimorismo”.


Escrito por

Carlos García Rosell A.

Actor y director de Teatro. Profesor de la Universidad Católica. Creencia principal: La Imaginación te hará libre.


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Los asuntos de mi país son míos.